miércoles, 6 de abril de 2011

Historia de 1 y 57

Donde había barro, césped. Donde había hondonadas, llanura. Donde había ciclismo, fútbol. Donde había dudas, certezas. Donde no había nada, algo tangible. Y luego inmanente, perdurable e inexplicable.
No fueron los ladrillos, apilados con orden y sentido común, ni los arcos, primero de madera sin tornear y luego de caño, ni siquiera los tablones, que movían sin moverse, los que llenaron ese vacío cenagoso en terrenos de los Iraola. Fue la gloria eterna o la mística trascendente, acaso ambas conjugadas o causa-consecuencia una de otra, las que transformaron al Estadio de Estudiantes en un templo del fútbol. Este mes, esas tímidas y serpenteantes líneas marcadas a mano por los propios dirigentes en sus albores y luego entrañable armazón de hierro, madera y hormigón, cumplieron un siglo de vida.
Para ser objetivos: 57 y 1 se inauguró el 25 de diciembre de 1907, pero sin tribunas ni alambrado. Luego, tuvo la primera platea techada del país y un sistema lumínico de excepción para la época.
En el Estadio, ese que no se ve, pero que sigue estando. De hecho, así fue concebido: ni siquiera con alambrado, mucho menos con tribunas.
Estudiantes no nació en 1907, pero sí su segundo campo de juego. Hay que remontarse en el tiempo y abstraerse de tanta tecnología para tomar consciencia de cómo eran aquellos días. La Plata tenía los grandes edificios públicos terminados, pero casi no había casas. Dardo Rocha tuvo que importar viviendas de madera, las mismas que se usaron en EE.UU. en la expansión al Oeste, para cobijar a los primeros moradores, en su gran mayoría obreros (muchos de ellos también importados) y empleados públicos que obligados por un decreto del mismo fundador, tuvieron que mudar su residencia de Buenos Aires a la nueva capital para no perder el trabajo. Imagínese: ni Rocha vivía acá.
La avenida 1, para entonces la principal de la ciudad, sobresalía por una fastuosa arcada en el ingreso al Paseo del Bosque. Los inmigrantes que desembarcaban del Puerto pensaban que era el ingreso a La Plata. En las calles casi no había árboles y en 57 y 1 funcionaba un velódromo, a metros del tranvía que llegaba por 54.
Con apenas meses de vida, los fundadores de Estudiantes y un grupo de amigos le
daban a la de tientos en partidos de hacha y tiza en 19 y 51. Félix Tettamanti (su familia era la dueña de una empresa de tranvías) había donado esos terrenos, que estaban pegados a la estación de ferrocarriles “La Clementina”. Obvio: no había nada y aunque parezca increíble este lugar era casi un suburbio de la ciudad. Así, cada vez que terminaban un partido tenían que levantar todo, hasta los arcos. No se crea que la inseguridad es patrimonio del siglo XXI.
El debut de Estudiantes en esa cancha fue ante Nacional Juniors, con victoria 2 a 0 gracias a conquistas de Horacio Tolosa y Raúl Sussini (los jugadores se habían
cambiado en los galpones del ferrocarril). Esta también fue el escenario de una batahola de consideración, cuando enfrentó a un combinado de la Liga platense. Los protagonistas se pegaron de lo lindo, hasta que a los 30 minutos del primer tiempo se suspendió lo que se daba.
Nazario Roberts, quien puso en marcha el más ambicioso plan de forestación de la ciudad, fue elegido presidente e inmediatamente orientó la brújula para armar una cancha presentable. El Gobierno de la Provincia cedió las tierras que formaban parte del Bosque, otrora propiedad de los hacendados Iraola, y se arremangaron hasta los caballeros más almidonados para trabajar. Rellenaron, emparejaron y construyeron una casilla a dos aguas, la primera edificación que tuvo el predio. También contrataron a una cuadrilla de 12 peones, a 2,20 pesos la sudorosa labor.
El 25 de diciembre de 1907 se inauguró la finalmente la cancha con una ceremonia social. Ese día no hubo fútbol. El 4 de marzo de 1908 el Club se afilió a la Federación Argentina de Football (también existía la Asociación, donde jugaba Gimnasia). Tres días más tarde la CD adoptó el uniforme: blusa roja con una franja blanca vertical y pantalón negro. Posteriormente, aceptó más bastones y más angostos.
El primer partido en 57 y 1 tuvo dos curiosidades. Fue ante La Plata Fútbol Club
(victoria por 2 a 1) y por primera vez se cobró entrada, a 10 centavos cada una. Los socios, alrededor de 1.000, entraron gratis con una tarjeta de tela que confeccionó la imprenta Sesé y Larrañaga.
En 1912, mientras el equipo peleaba el campeonato de Primera, se terminó de construir la tribuna con techo, la primera de su tipo en el país.
Y así siguieron los avances. Durante la presidencia de Jorge Hirschi, entre 1927 y 1932, se colocó el alambrado olímipico, se embaldosó el predio, se construyó la pileta y el restorán estilo Tudor. Ya en 1937 se incorporaron las cinco torres de iluminación, consideradas un avance de magnitud para la época. En 1943 se anexaron más plateas a la techada de estructura madera, la cual pereció por completo ante las llamas el 2 de octubre de 1960. Ese año comenzó a tomar forma la nueva techada, de hormigón. El 8 de agosto de 1970 el Estadio fue bautizado como “Jorge Hirschi”, quien también fue jugador del Club, integrante del primer equipo que ganó el título en 1913.
Contra lo que cree la mayoría, en 57 y 1 Estudiantes dio una vuelta olímpica luego de ganar un partido definitorio: fue cuando venció a Nacional de Montevideo en la segunda final de la Libertadores, en 1969. La historia reciente es la más divulgada.
Entre julio y agosto de 2007 las tribunas de arqueados tablones y la platea oficial fueron derribadas por completo. El 4 de agosto de 2008 se retomaron las obras para formar la nueva casa de Estudiantes. Aunque el halo del Estadio sigue en pie.

Fuente: Revista A!

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