Donde había barro, césped. Donde había hondonadas, llanura. Donde había ciclismo, fútbol. Donde había dudas, certezas. Donde no había nada, algo tangible. Y luego inmanente, perdurable e inexplicable.
No fueron los ladrillos, apilados con orden y sentido común, ni los arcos, primero de madera sin tornear y luego de caño, ni siquiera los tablones, que movían sin moverse, los que llenaron ese vacío cenagoso en terrenos de los Iraola. Fue la gloria eterna o la mística trascendente, acaso ambas conjugadas o causa-consecuencia una de otra, las que transformaron al Estadio de Estudiantes en un templo del fútbol. Este mes, esas tímidas y serpenteantes líneas marcadas a mano por los propios dirigentes en sus albores y luego entrañable armazón de hierro, madera y hormigón, cumplieron un siglo de vida.
Para ser objetivos: 57 y 1 se inauguró el 25 de diciembre de 1907, pero sin tribunas ni alambrado. Luego, tuvo la primera platea techada del país y un sistema lumínico de excepción para la época.